Tiene algo esta época del año que otras no
tienen, ¿Que puede ser un producto cultural? Pues perfectamente. ¿Que me da
igual de donde venga? Pues también. Como
dijo una amiga hace tiempo, démosle un respiro a la realidad de vez en cuando.
Me doy cuenta de que se acerca el invierno
cuando empiezo a pedir más chocolate caliente en los bares, cuando no me quito
el pijama ni para salir (ojo, probadlo debajo de los vaqueros, se está súper
calentita), cuando no hago más que pensar en leer Harry Potter, cuando mi sitio
favorito del mundo entero es el rincón de mi salón junto a la ventana, cuando,
en resumen, todo me parece más acogedor, lento, mágico.
Y me hace pensar en el amor, esa estúpida
cosa a la que llamamos amor. Y por muy racional que sea en la superficie, por muy mal que vea como nos transmiten tan
sólo una clase de amor cuando lo hay de mil formas y colores, a pesar de que
afirmo en voz muy alta que no creo en el destino, os diré, que a pesar de
quedar como una persona incoherente, sí creo. Creo en esas pequeñas cosas que
hacen que la vida cobre un poco de sentido, aunque sea durante una milésima de
segundo. Cada tonto tiene su opio, digamos que el mío es creer que si quiero
finalmente podré, que no era el momento ni el lugar pero que esto ha ayudado
a que un día lo sea, y que si hago lo que quiero, sí, lo que quiero de una vez
por todas, ese momento y lugar van a rodearme en cada instante.
No os dejéis engañar, detrás de las personas más aparentemente racionales de la historia siempre hay una intensidad emocional que desborda ríos, la pasión siempre venció, vence y vencerá a la razón.


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