viernes, 14 de diciembre de 2012

Fátum o esa tontería llamada Destino.







Últimamente estoy un poco tonta con estas cosas, perdonadme. Pero hay veces en la vida que ocurren cosas, esas cosas que tu cerebro no es capaz de explicar, tantas neuronas y sinapsis para luego un día ver a una persona en un momento y en un lugar y no ser capaz de darle una solución coherente y lógica. Ya hace tiempo superé las casuales llamadas telefónicas"¡Justo estaba pensando en llamarte!" , el ver el nombre de esa persona por todas partes, los "¡Estaba tarareando la misma canción en mi cabeza!" & co. Entiendo que son sesgos atencionales, que nuestro cerebro tiene fallos, pero ahora le toca el turno a las conexiones. Me voy a adelantar, en el futuro también descubriré una explicación lógica que me explique esto, que posiblemente un conjunto de procesos neurológicos, hormonales y socio-educativos hagan que sintamos esa sensación de conexión con determinadas personas. Pero eso no quita que deje de parecerme algo jodidamente extraordinario. ¿Cuántas veces habéis sentido esto? Que habláis por primera vez con una persona y sentís comodidad, cercanía,  ese "todo va bien" cuando estáis cerca. Y no me estoy refiriendo al "amor", no no, esto es otra cosa distinta, os puede pasar o no con alguien que luego llegue a ser vuestra pareja. 


A mi esto me ha pasado dos veces, creo que me pasaría más si me dejase llevar más a menudo y fuese más yo misma, pero el caso es que me ha ocurrido dos veces. Y no es sólo la persona, sino el momento y el lugar. La primera vez fue en el tren, en primero de carrera, me disponía a irme a casa y le vi. Por aquel entonces pensé que me gustaba (nada más alejado de la realidad) y esto fue lo que me impulsó a levantarme e ir hacia él, eso fue voluntad propia, algo pseudo planificado, digo pseudo porque en general yo pienso las cosas mil veces más antes de hacerlas y aquella vez me dejé llevar un poco. Fue empezar a hablar y los dos sentimos esa conexión , no nos gustaban las mismas cosas, ni teníamos la misma idea de las relaciones, ni buscábamos lo mismo en la universidad, ni tampoco veíamos la vida de la misma forma. No sé explicar muy bien lo que pasó, conectamos, los dos lo sentimos y nos lo dijimos más adelante. Y esa relación se mantuvo así unos 3 años, luego ambos cambiamos y eso que teníamos en común desapareció. 


A ver si puedo explicarlo: No estás sola, esa es la sensación, no eres rara en ninguna cosa que hagas, todo tiene una explicación porque esa persona es así también, lo ve así también. Os vais a entender, él puede pensar amarillo y tú rojo pero tú vas entender a la perfección el por qué del amarillo y él entenderá a la perfección el por qué el rojo. Compenetración y complicidad.


Ahora, la segunda vez que me ha pasado, ha sido hace relativamente poco, un año o así, me ha costado estar segura porque ha habido cierta interferencia. Digamos que a mi me gustaba un chico C, y ese chico tenía un amigo H, y aunque muchas veces creía que quería encontrarme con C en realidad era con H. Y no, no conozco a H para nada, sólo sé que me resulta magnífico en todos los sentidos y que cada vez que le veo me siento cómoda, cercana, siento que hablaría con él durante años, y no me gusta en el sentido romántico o sexual de la palabra, para dejarlo claro, esta vez no.
No sé que hacer con ello porque es una persona a la que veo en determinados momentos, sin control alguno, pueden pasar dos meses o dos días, y si le veo son encuentros breves, en parte por la situación y en parte porque al ser, creo, el mejor amigo de C, me cuesta comportarme de forma natural. 


Ahora ¿Qué hago? ¿Lo dejo estar o lo fuerzo? Sé que lo mejor es dejarlo estar, pero ¿Y si no le veo en mucho tiempo? ¿Y si se muda al otro lado del planeta? ¿Y si me olvido de todo esto? En fin, supongo que el tiempo lo dirá, porque a pesar de estas dudas sé que lo mejor que puedo hacer es seguir viviendo y dejar al destino que haga de las suyas. 






viernes, 7 de diciembre de 2012

Dear me...



Tiene algo esta época del año que otras no tienen, ¿Que puede ser un producto cultural? Pues perfectamente. ¿Que me da igual de donde venga? Pues también.  Como dijo una amiga hace tiempo, démosle un respiro a la realidad de vez en cuando.

Me doy cuenta de que se acerca el invierno cuando empiezo a pedir más chocolate caliente en los bares, cuando no me quito el pijama ni para salir (ojo, probadlo debajo de los vaqueros, se está súper calentita), cuando no hago más que pensar en leer Harry Potter, cuando mi sitio favorito del mundo entero es el rincón de mi salón junto a la ventana, cuando, en resumen, todo me parece más acogedor, lento, mágico.



Y me hace pensar en el amor, esa estúpida cosa a la que llamamos amor. Y por muy racional que sea en la superficie,  por muy mal que vea como nos transmiten tan sólo una clase de amor cuando lo hay de mil formas y colores, a pesar de que afirmo en voz muy alta que no creo en el destino, os diré, que a pesar de quedar como una persona incoherente, sí creo. Creo en esas pequeñas cosas que hacen que la vida cobre un poco de sentido, aunque sea durante una milésima de segundo. Cada tonto tiene su opio, digamos que el mío es creer que si quiero finalmente podré, que no era el momento ni el lugar pero que esto ha ayudado a que un día lo sea, y que si hago lo que quiero, sí, lo que quiero de una vez por todas, ese momento y lugar van a rodearme en cada instante.



No os dejéis engañar, detrás de las personas más aparentemente racionales de la historia siempre hay una intensidad emocional que desborda ríos, la pasión siempre venció, vence y vencerá a la razón.