lunes, 28 de mayo de 2012

Castillos de arena.



Un cosquilleo en el pie, es un rayo de sol que se ha colado por la ventana, me revuelvo en la cama pero no abro los ojos, quiero quedarme un rato más, en ese paréntesis, en ese momento donde ya no duermes pero tampoco estás despierto, donde la realidad no llega, tan sólo los sueños. Noto un soplo de aire, huele a verano, es suficiente, la mente hace el resto, y estoy en la playa con mi hermana, es una mañana soleada, apenas hay gente (eh, si se sueña se sueña bien), mis padres pasean mientras yo y mi hermana estamos sentadas en la orilla, estamos ocupadas, cada una hace su castillo de arena, con el cejo fruncido de la concentración, primero el diseño del castillo, quiero que sea grande, quiero que sea inmenso, pero ya sé que hay que ir poco a poco, así que pienso en la base, podría hacer uno central, el primero, y luego ya ir ampliando, perfecto, manos a la obra. Me levanto y cojo un par de cubos, me acerco a la orilla y lleno uno de agua, el otro lo lleno de arena seca (mi hermana me mira intrigada, ella ya ha hecho unas cuantas torres sin pensárselo). Limpio el terreno, lo aliso, ¿cuadrado o redondo? cuadrado, cojo el cubo cuadrado y me pongo a hacer cuatro torres formando un rectángulo, después la muralla con arena mojada. Me paro, miro a la orilla y veo que la marea sube: ¡Un foso! Hecho. Se van acercando personas a mirar cómo lo hago, me ayudan, somos un montón de gente, cada vez es más gente la que se acerca y ayuda, se arremangan, traen cubos, sugieren ideas. Así se pasa el día, torres por aquí, murallas por allá, unas escaleras, un túnel, algunas conchas para decorarlo, arena seca por encima y sí, está listo, aunque ya se ha ido el sol no me importa, es el mejor castillo del mundo, que digo castillo, ¡si es casi el reino entero! 

Todos nos sentamos cansados, contemplamos como la marea sube, como el foso se va llenando, anunciando lo irremediable. Pero no es la marea quien se lo lleva por delante, un grupo de niños que había estado mirando de lejos pero no había participado se levanta y corre hacia nuestro reino, y lo pisotea entero, y se ríen, todos se ríen y nos señalan con el dedo. 

Me quedo sentada, contemplándolo, la pregunta ¿Por qué? se refleja en nuestro rostro. ¿No han visto lo que nos ha costado? ¿no se han dado cuenta de la ilusión que poníamos al hacerlo? Todas las decisiones, todo el trabajo en equipo, todas las esperanzas, todo el progreso. ¿No entienden que no queríamos más que divertirnos mientras creábamos? ¿Que no pretendíamos herir a nadie? ¿Que era un proyecto de futuro construido por todos y para todos? Que había un cartel tan grande como una casa donde se leía bien claro "AFORO LIBRE". ¡Incluso había un buzón de sugerencias!

¿Y ahora? no, de verdad, ¿y ahora? Tantos esfuerzos, tantos años de obstáculos salvados ¿para qué? ¿para que lleguéis vosotros y con un par de pisotones lo echéis abajo? ¿y pensáis que nos vamos a quedar de brazos cruzados? No, lo siento, puede que nuestra primera reacción haya sido de sorpresa pero la movilidad vuelve a nuestros cuerpos, esto no se queda así.  


miércoles, 23 de mayo de 2012

Las cosas no importan hasta que sí lo hacen, y te das cuenta de que nunca dejaron de importar.

Hay gente que sabe escribir, que con una frase lo bordan, y la gente como yo, gente que necesita hojas y hojas para explicarse, se queda helada, y no entiendes por qué a ti no se te ocurrió decirlo de esa forma. Siempre he pensado, y lo mantengo, que cada persona tiene una forma de expresar lo que tiene dentro, no de contribuir, que también, sino de liberar emociones. Y siempre he pensado que mi forma de expresión era la escrita, que a través de la palabra podía liberarme de todo, pero hace tiempo ya que deje de pensarlo. Ahora entiendo que sí que lo es pero que yo, mi cabeza, mis ideas, mi mente, llamadlo como queráis, ha dejado de funcionar como funcionaba antes, se ha hecho cauta, demasiado cauta, ha perdido confianza, soltura, y no por falta de uso sino por un mal uso de ella. 
Sé por qué ha ocurrido, antes no sabía visualizar mi vida, no veía todos los elementos que la conformaban, todo lo que me influía y todo a lo que influía yo. Se llama adolescencia, sí. En ese momento tenía la seguridad de una cosa, era inteligente, mis opiniones valían la pena y tenía el derecho de ser escuchada. Todo lo que escribía iba dirigido a ese público fantasma que estaba por debajo de mí. Esa era la clave, al menos en ese momento. 
¿Ahora? No sé nada, sí, Sócrates tenía razón, lo único que puedo saber con certeza es que no sé nada, con esto no creo que se refiriese a que nadie sabe nunca nada, a que mejor paremos el mundo y dejemos de tomar decisiones. Mi interpretación de esto en este preciso momento bajo unas circunstancias concretas es que la objetividad no existe, no voy a entrar en un debate eterno entre la objetividad, la subjetividad y esa línea ilusoria (que cada uno pone donde quiere, admitámoslo)  que marca el límite. Pero sí en que cuando te das cuenta de que nada es objetivo sino tienes confianza en lo que piensas vas jodido. Porque hay gente que la tiene a raudales y no van a dudar ni un segundo en desgarrarte. No quiero tampoco situarme en "el hombre es un lobo para el hombre",  no, pero hay que admitir que sin confianza no se llega a ninguna parte.
Y aquí me sitúo yo, entre Sócrates y Hobbes, con la preocupación de no ser escuchada pero también con la preocupación de errar y pisotear. Equilibrio, sí, ese que nos venden los libros de auto ayuda, que todos sabemos que existe, que hemos experimentado pero donde parece que no se puede estar demasiado tiempo por culpa de eso a lo que llamamos vida.